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MELÉNDEZ VALDÉS (1754-1817)
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Don Juan Meléndez Valdés nació en la Villa de Ribera del fresno, obispado de Badajoz, el 11 de marzo de 1754. Era hijo legítimo de Don Juan Antonio Meléndez Romero Compañón y Guijarro (Salvaleón, 24 de septiembre de 1708 – Ribera del Fresno, 1774) y de Doña María Cacho Montero de la Vanda (Mérida, abril de 1714 – Almendralejo, 26 de junio de 1761) que pertenecían a familias nobles y bien acomodadas del país. El matrimonio, casado en Alburquerque tuvo 7 hijos, de los cuales 3 llegaron a la edad adulta: Esteban y Agustina; aparte del poeta.
     La procedencia remota del la familia Meléndez es asturiana; pero sus orígenes cercanos son totalmente extremeños, pues hacía varias generaciones que se habían establecido en Extremadura.
     Meléndez Valdés coge el segundo apellido de un primo de su padre, capitán de guardias españolas, llamado Valdés. Esto ocurrió a partir de 1767 cuando viajó por primera vez a Madrid y fue acogido por el tal Valdés.
     La familia traslada su residencia a Almendralejo cuando Meléndez Valdés tenía 4 años de edad. Son muchas las hipótesis que hablan de este traslado, como algún negocio interesante, el desempeño de algún cargo importante por parte de Don Juan Antonio, su padre, ó facilitar los estudios de los hijos, en especial de Esteban Antonio, quien con sus 18 años ya precisaba de cierta profundidad en sus estudios eclesiásticos (ésta es la conjetura más arraigada).
     Se ignora cuánto tiempo pasó la familia Meléndez en Almendralejo y en qué fecha volvió a Ribera del Fresno. Demerson cree que es después de la marcha de su hijo más joven a Madrid, cuando Don Juan Antonio abandona Almendralejo para instalarse cerca de su hija Agustina, casada con el médico de Ribera, Don Pedro Nolasco de los Reyes.
     Meléndez pasa la importantísima etapa vital de los 13 a los 18 años en Madrid al amparo de su tío Valdés, primo de su padre, y de su hermano el sacerdote Esteban Meléndez.
     Esta marcha resultaría de suma importancia pues supone abandonar el ambiente rural y provinciano y adaptarse a la vida y cultura de la ciudad.
     Durante estos cinco años de estancia en Madrid, su hermano Esteban le presenta a Monseñor de Llanes, elegido obispo de Segovia en 1774, quien le inculca dirigirse a la Universidad de Salamanca para hacer la carrera de Leyes (1772-1789) y quien le auxilia constantemente para vivir cómodamente.
     En su primer año de la Carrera de Derecho (1772-1773) toma contacto con el mundo del derecho al tiempo que decide no abandonar los estudios clásicos que había iniciado en Madrid. De este modo, el jurista y hombre de letras no se separarán nunca. Él opina que la jurisprudencia debe ir acompañada de estudios humanísticos como la Historia, la Filosofía y las Bellas Artes. Esta convicción le llevarán a ser uno de los hombres más cultos de su tiempo.
     Durante el curso de 1780-1781 aprueba la oposición de una de las cátedras de Humanidades vacante. Es cuando conoce a Jovellanos, que sería su padrino. Jovellanos ya había triunfado en la sociedad madrileña donde introduce a Meléndez.
     En el curso de 1782-1783 consigue los grados de licenciado y de Doctor en Derecho; además de contraer matrimonio con Doña Maria Andrea de Coca, primogénita de una familia adinerada de la alta burguesía de Salamanca. Ella es 10 años mayor que él y fue un matrimonio relativamente feliz, superando la frustración de no tener hijos. Estuvieron 35 años juntos pareciendo un matrimonio sólido. Aunque debido al carácter fuerte y “demoniaco” (como decían los amigos de Batilo) de ella, se dice que el poeta no pudo desarrollar plenamente su vertiente artística.
     El año 1785 es clave en la vida intelectual de Meléndez en tanto que sale la publicación de la Primera Edición de sus poesías siendo un rotundo éxito y oyéndose su nombre hasta en los países extranjeros.
     Durante los casi 7 años que Meléndez regentó su cátedra de Humanidades en Salamanca, intervino activamente en la vida de la Universidad: Pidió reiteradamente nuevas adquisiciones para la biblioteca, la concesión a los catedráticos de licencia inquisitorial para leer libros prohibidos; Instó para la creación de una academia práctica de derecho; propugno una reforma de las oposiciones y de los estudios jurídicos, así como una aplicación de las ideas pedagógicas de LocKe y Rousseau . Este afán de reformas despertó la oposición y hostilidad de los tradicionalistas.
     La actividad literaria de los años que fueron de 1785 a 1789 se aminora sensiblemente teniendo sus obras otro tono dando paso a consideraciones filosóficas y sociales.
     Como solución personal para soportar el ambiente pesimista salmantino, busca consuelo en la amistad, y como solución individual definitiva empieza a mover sus influencias en busca de otra salida profesional: la magistratura.
     Han sido muchas las interpretaciones que se han dado sobre las razones que llevaron al poeta a abandonar la enseñanza por la magistratura. Se han expuesto como motivos desde la influencia de su ambiciosa esposa, las presiones del político y reformador Jovellanos y de otros magistrados, hasta la mezquindad del ambiente universitario. Además, hay que tener en cuenta que Meléndez no fue solamente poeta, sino un ilustrado hombre de acción y, como tal, llegado a un determinado momento de su vida, decidió intervenir más directamente en la evolución de su país. Así, deseoso de ser útil a su patria y dándose cuenta de que desde el recinto de la universidad no podría contribuir a la reforma que deseaba emprender, decidió abandonar la Universidad por la magistratura a sus 35 años de edad.
     En su etapa como MAGISTRADO se dirige hacia Zaragoza donde toma posesión como Alcalde del Crimen de la Real Audiencia de Aragón en septiembre de 1789. Esto supone una trascendencia importante en su vida en tanto que, aunque no abandonó sus trabajos poéticos, sí era un trabajo de atenciones más urgentes y de mayor responsabilidad. En este puesto de trabajo Meléndez Valdés se involucró mucho intentando siempre ser lo más fiel a la justicia posible. Pero de Meléndez Alcalde del Crimen apenas hay documentación en tanto que existía la mala costumbre de expurgar y quemar periódicamente los expedientes criminales.
     El escritor, donde mejor encontró posibilidades para seguir realizando sus acciones de Ilustrado fue en la Sociedad Aragonesa de Amigos del País con cuyo director, Don Arias Mon y Velarde, entabló muy buenas amistades. Éste fue trasladado a la Real Audiencia de Cáceres escribiéndole en su estancia el famoso Discurso de Apertura de la Real Audiencia de Extremadura.
     A pesar del brillante prestigio que en poco más de un año Meléndez había adquirido en Zaragoza, muy pronto pide cambio de destino ya sea para ascender a oidor, ya para pasar a una institución de más categoría como era una Chancillería. Ingresó en la Chancillería de Valladolid en mayo de 1791. Mucha de la poesía filosófica y moral la escribe en Valladolid. Se trata de una poesía muy madura al servicio del Reformismo Ilustrado. Refleja las preocupaciones propias de un magistrado, reflexivo y maduro. Medita sobre el fanatismo religioso, impulsado por una Iglesia primitiva preocupada en la conservación de sus privilegios. Reflexiona sobre la sociedad dedicando auténticos planes reformistas a Godoy. Exalta los valores progresistas, el racionalismo Ilustrado con ideas como la Libertad, la Razón, la Verdad y la Justicia. Con patriotismo y franqueza ataca a la Inquisición y los intereses de la Nobleza y de la Iglesia.
     También en Valladolid redacta su Segunda Edición de Poesías yendo a Madrid personalmente a ofrecérselas a Godoy e interesarse, muy discretamente, por la posibilidad de conseguir algún puesto judicial en la Corte. Dicho puesto lo conseguirá en 1797, por influjo del político extremeño, recibiendo en Madrid el nombramiento de Fiscal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Además en este año, el pintor aragonés Goya lo inmortaliza en un retrato que muestra la gran estima del artista por el poeta a través de su dedicatoria “ A Meléndez Valdés, su amigo Goya, 1797”. Ambas fueron almas muy comprometidas con su entorno sociopolítico criticando la realidad de la nación uno con sus poemas filosóficos y morales recogidos en la Edición de 1797; y otro en sus pinturas a través de los “Caprichos” de 1797-1798, donde el pintor muestra sus afinidad con el ideario de la Ilustración.
     Meléndez Valdés trabajaba día y noche en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte dependiente directamente del Consejo de Castilla. Él era el único fiscal y máximo responsable de la justicia penal, de la paz y del orden. Siempre intentaba aplicar en sus oratorias los principios aprendidos en los filósofos Montesquieu , Rousseau y Beccaria , principalmente.
     El 27 de agosto de 1798 recibe una comunicación para que se traslade a Medina del Campo (Valladolid) en el improrrogable término de 24 horas. José Antonio Caballero , ministro de Gracia y Justicia, servil de Godoy, no cejó hasta desterrar o encarcelar al grupo de Ilustrados que subió al poder en 1797, entre los que se encontraba Jovellanos y Meléndez. Junto a la caída de estas dos figuras claves en la Historia de la Ilustración, también cayó otras personalidades destacadas defensoras de este espíritu.
     Una orden el 3 de diciembre de 1800 despierta a Meléndez de este cómodo destierro y lo pone ante una más dura realidad de intrigas y acusaciones. Por ellas, se le jubila de oficio, se le reduce el sueldo de fiscal a la mitad, y se le asigna Zamora como residencia. Era la segunda fase, más severa, de un plan maquiavélico del ministro Caballero contra los Ilustrados. Este destierro durará hasta 1808, año en el que recibe autorización para dirigirse a Madrid donde se estaba cociendo dos importantes sucesos en la historia de España que marcarían definitivamente el destino de nuestro escritor. Nos referimos al Motín de Aranjuez y las Abdicaciones de Bayona, ambas acaecidas en España en 1808. Buscamos los antecedentes de ambos sucesos cuando a finales de 1807 Napoleón Bonaparte decide cerrar las costas de Portugal al tráfico comercial con los británicos para así estrechar el bloqueo sobre Gran Bretaña. Para ello, firma con Godoy el Tratado de Fontaineblau mediante el cual España se comprometía a permitir el paso por nuestro territorio de las tropas francesas. Los franceses fueron, en general, bien recibidos en tanto que con su llegada el pueblo pensaba que se colocaría en el trono al que durante años habían llamado El Deseado: Don Fernando VII. Para ello, se promueve un motín ante el Palacio de Aranjuez que culmina en la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII. Con su llegada al trono se revoca el destierro de las personas importantes perseguidas por el antiguo gobierno o por Godoy, entre las que se encontraban Jovellanos y Meléndez. Así Fernando VII firma la orden mediante la cual se permite al poeta volver a Madrid, diez años después (1798-1808) ocupando un puesto de Fiscal de los Consejos.
     Mientras tanto, Carlos IV se retracta por lo acontecido cediendo la corona a su hijo y éste reclama la intervención de Napoleón. Éste vio claro, entonces, que podría lograr el destronamiento de los Borbones. Citó a padre e hijo en Bayona, adonde acudieron ambos por separado, y logró primero la cesión de los derechos de Carlos IV y después que Fernando, bajo amenazas de muerte, devolviera la corona a su padre. Con las ABDICACIONES DE BAYONA, quedaba libre el trono español para colocar en él a un miembro de la familia Bonaparte. El 7 de julio de 1808 José Bonaparte fue proclamado Rey de España.
     Objetivamente no le era fácil a un verdadero ilustrado elegir entre la colaboración con el francés, representante de la Libertad y el Progreso, o la adopción de la guerra popular contra el invasor. El 23 de diciembre de 1808 se puede fechar la primera prueba indiscutible del afrancesamiento de Meléndez: El juramento de fidelidad que prestó a José Bonaparte .
     La reputación de Meléndez Valdés no podían dejarle indiferente en el gobierno de José Bonaparte que le hizo fiscal de la Junta de Causas Contenciosas, después Consejero de Estado y Presidente de una Junta de Instrucción Pública.
     Durante esta etapa Batilo volvió a recuperar la confianza en sí mismo, en los ideales de la Ilustración, que tan bien representaba, y hasta en el pueblo español, que se desangraba en una guerra casi civil contra un invasor que, paradójicamente y desde Madrid, se preocupaba por introducir las reformas y los ideales de Hombre y de la Humanidad heredados de la Revolución Francesa.
     Y así, veía Meléndez Valdés que España, al lado de un rey extranjero, podía modernizarse como nación y que él debía contribuir a costa de lo que fuese, con su modesta aportación, a hacer futuribles sus viejas ilusiones de Ilustrado.
     En 1812, las cosas en la capital de España iban de mal en peor para los franceses. Napoleón, que en junio había iniciado la campaña de Rusia, se vio obligado a disminuir sus fuerzas en España. Ello terminó con la retirada de las tropas napoleónicas en octubre y noviembre de 1812 lo que supuso el fin de la presencia napoleónica en España y el exilio de los afrancesados, entre los que se encuentra nuestro poeta, a tierras galas.
     Los cuatro años que vivió Meléndez Valdés en Francia son los más oscuros de su biografía. Tolosa, Montpellier, Nimes y Alais fueron los pueblos de su residencia.
A muy poco de se llegada a Francia una fuerte parálisis casi le imposibilita del todo
     Estando su residencia en Montpellier, el 24 de mayo de 1817 le sobrevino repentinamente una aplopexía que acabó con su vida. Su edad era de 63 años.

     Tras este repaso a lo que fue la vida de Don Juan Meléndez Valdes destacar que fue un personaje que sobresalió en el ámbito histórico en tanto que fue un testigo comprometido con el periodo histórico que le tocó vivir actuando activamente por cambiar aquellas ideas que no consideraba justas como fue la abolición de los ideales del Antiguo Régimen y la persecución de un cambio político acorde con las renovadoras teorías del Liberalismo propuestas por los filósofos ilustrados y racionalistas. 
     Ocupó un puesto como político en la España del Siglo XVIII con el claro propósito de que con sus intervención en esta esfera pudiera modernizar España. Al igual que hizo desde su posición de magistrado siguiendo los principios aprendidos en personajes como Beccaria, Rousseau o Montesquieu.
     También podríamos considerar a Meléndez Valdés como un filósofo cuya acepción, en el siglo XVIII, no sólo abarcaba a los cultivadores de la Filosofía propiamente dicha, sino que el filósofo del Siglo XVIII se empeña en poner su saber al servicio de un cambio efectivo de las condiciones de vida de su época. El filósofo del Siglo XVIII es un sabio que aplica su inteligencia al “progreso de las luces” poniendo de un modo u otro en tela de juicio las bases en las que se asienta la sociedad constituida. Este sabio combativo y progresista está cerca del personaje que en el Siglo XX llamamos “intelectual”.
     Pero por lo que fue realmente conocido nuestro personaje fue por su Literatura que se nos muestra rica y variada. Entre los temas que trató se encuentran los amatorios, filosóficos, sociales, de la naturaleza...Entre las formas y géneros de sus poesías señalamos: odas anacreónticas, romances, letrillas, sonetos, silvas, idilios, églogas, elegías, Epístolas y discursos, poemas épicos... También, cultivó una obra teatral como fue su comedia pastoral “Las Bodas de Camacho”; Así como traducciones de los escritores clásicos como Horacio; discursos jurídicos como el redactado para la Real Audiencia de Extremadura...